Desde y Para el Frente Amplio

Antes de todo, creo importante presentarme para que mis eventuales interlocutores cuenten con información de contexto para interpretar el mensaje. Soy Militante de izquierda del Frente Amplio. Se trata de una figura retórica en la medida en que es una categoría que hasta ahora no existe como tal, y cuya validez me propongo ensayar y defender no sólo porque me consta que no soy la única persona representada por esa frase, sino porque me parece que su legitimación e institucionalización será la mejor herramienta – y me atrevo a decir que probablemente la única – del proyecto sociopolítico que la historia nos ha llamado a construir.

Para ser fiel al argumento que voy a dar, me explico: desde el lanzamiento de esta alianza o coalición (definición que dependerá del alcance temporal del proyecto) que 11 fuerzas políticas del país pactaron hace algo más de un mes, no ha existido hasta ahora un mecanismo o canal de participación en ella que no obligue a vincularse, con diversos grados de formalidad, a alguna orgánica de las fuerzas en cuestión. Esto es, finalmente los partidos o movimientos, más o menos institucionalizados, de larga o corta data, aparecen como la única vía de acceso y plataforma para trabajar POR, CON y PARA el Frente Amplio (en adelante, FA).

A riesgo de que mi tesis resuene a chaqueteo o pedantería, y con todo el respeto que me merecen las organizaciones en cuestión, me parece que es un mala partida o puesta en marcha del proyecto, en la medida en que insiste en la forma partidista no-convocante de hacer política, ella misma fuente del desencanto y malestar que el FA pretende movilizar. Junto con ello, sirve de argumento a los escépticos genuinos y estratégicos, esto es, bien o mal intencionados, que han puesto públicamente en duda ya sea la capacidad social y política de construir esta tercera fuerza o la veracidad de los actores involucrados, al impugnar intereses en conflicto, pugnas de poder y augurar divisiones que amenazan con repetir la historia y hacer otro flaco favor a la izquierda de acabar nuevamente fragmentada y cooptada.

Lo peor es que en el breve recorrido que estoy llevando para hacer realidad mi militancia he constatado estos diagnósticos y sospechas más frecuentemente de lo esperado. Frecuencia que tiene que ver con el alcance del paneo que he dado: descubriendo un cúmulo de tensiones en varias fuerzas y a distinto nivel organizativo. El nudo que percibo es que las tensiones no sólo describen las relaciones entre las 11 fuerzas y organizaciones al interior del FA, lo cual es esperable dado que su propia emergencia encierra y se explica por su necesidad o interés de diferenciarse, y he ahí el titánico desafío de construir la convergencia, sino que también se replican al interior de ellas.

A nivel de FA, es un hecho público y mediáticamente conocido que, encima de las tensiones ideológicas razonables entre las fuerzas, existe un fraccionamiento “original” del proyecto, con esto quiero decir que viene dado, es “de paquete”, y distingue entre un Polo Emergente o Estratégico conformado por las organizaciones “más jóvenes” e impulsoras del movimiento y el resto de los partidos o fuerzas que lo conforman. Hay quienes insinuamos que el llamado Polo es algo así como el FA “verdadero”, mientras que el resto de las fuerzas se habrían ido sumando con fines meramente electorales y por tanto, se anticipa que el pacto con ellos será de corto aliento. Desconozco si se trata de una lectura con o sin eco al interior de las fuerzas, y de ser así, de qué facción es el pronóstico y por quiénes es compartido, lo que no es nada trivial: ¿Es un pronóstico pesimista del mismo Polo Emergente? ¿Tiene asidero en algún diagnóstico derivado de un infructuoso período de negociaciones en marcha? Por ahora prefiero y sugiero creer que es externo y responsabilidad del grupo que definí como escépticos bien o mal intencionados – bien en mi caso – pero estratégicamente servil al duopolio y por tanto, a evitar.

Si bien, como propuse más arriba, a nivel de organizaciones individuales las tensiones resultan razonables, me atrevo a decir que ha habido dos particularmente incómodas para algunos de nosotros, los independientes que hemos sido movilizados por la propia constitución del FA.

Primero, la que deriva de la suscripción del Partido Liberal, y que recibe apoyo del Poder, que presionó porque el FA no fuera definido como proyecto de izquierda, argumentando la obsolescencia de dicha categoría y la necesidad de construir una alternativa que combine la llamada “vocación de poder” con la de “amplitud” y “diversidad”. Discurso que junto con sonar algo redundante (al fin y al cabo, cualquier proyecto político legítimo se basa en gobernar no sólo a sus adherentes sino también a sus opositores), plantea algunas contradicciones con los principios del movimiento.

Resulta difícilmente comprensible que organizaciones buscando derrotar al duopolio (principio 3 del FA) y al neoliberalismo (principio 1 del FA), se muestren contrarias a ser definidas como de izquierda. Asumiendo el vínculo irrenunciable entre los principios 1 y 3 – el sistema neoliberal fue instaurado, mantenido y profundizado por el duopolio – se puede hipotetizar que se trata de una estrategia comunicacional para desmarcarse de las coaliciones que han demostrado fracasar en su poder convocante. Sin embargo, y aun cuando estoy de acuerdo con la estrategia, este diagnóstico ignora un consenso lo bastante establecido en torno a la definición de la Nueva Mayoría como coalición “de centro” o incluso “de derecha económica” distinta de la “derecha clásica”, como un compañero me ha propuesto. ¿Qué genera entonces la incomodidad con esa definición ideológica mínima? O bien ¿qué hay detrás de dicha estrategia comunicacional? A mi humilde parecer, se trata a lo menos de un mensaje que encubre una polaridad básica y del todo vigente y, por tanto, una intención de des-polarizar o evitar el conflicto. Si asumimos que el conflicto es matriz de la política, veo en este discurso liberal una agenda despolitizadora, lo que es precisamente uno de los flancos que el FA debiera combatir.

En este sentido, el discurso de la obsolescencia de la distinción izquierda-derecha, si bien puede convocar a sectores que no se identifican con esas categorías, no sólo omite que esa situación responde a la falta de formación y educación política y ciudadana, sino que llega más lejos, legitimándola. Es una propuesta de solución-parche que no transforma la realidad al no hacerse cargo del origen del problema. Y más aun, que no será capaz de convocar a quienes se autodefinen de un polo u otro sin comprender realmente las implicancias. ¿Qué diferencia realmente hoy día a los proyectos de derecha e izquierda? Compañeros me han propuesto que la visión y misión de un mundo social y colectivo versus la comprensión o paradigma de una política centrada en el individuo. Aunque yo añadiría otras distinciones, me quedo con ésta por la utilidad que presta a mi argumento.

El punto es que borrar la distinción, en lugar de educar a quienes no la conocen o no la entienden, busca captar su adhesión a un proyecto político orientado por principios eminentemente de izquierda pero sin que lo sepan. A mi parecer se trataría de una maniobra electoral éticamente cuestionable en la medida en que da señales ambiguas y equívocas, encubriendo el antagonismo social que moviliza la acción política y por tanto, reproduciendo el status quo en su carácter despolitizador y antidemocrático.

Una segunda tensión, que veo muy poco auspiciosa por su intensidad, es la que origina y resulta de la fragmentación de Izquierda Autónoma que a su vez da origen al Movimiento Autonomista, tensión que se replica al interior de este último. Si bien las tensiones internas al interior de los partidos y organizaciones son comunes (sobre todo en la izquierda, proponemos algunos), creo que ésta en particular se acentúa por el reciente incremento de sus filas producto del congreso abierto que realizaron para convocar nuevos militantes y constituirse como nueva orgánica.

Como ellos mismos han reconocido, el congreso implicó la integración de nuevos ímpetus, experiencias y visiones particulares, desbordando la capacidad de absorción y articulación previa del movimiento. Esto hace que a las tensiones latentes que derivan de los debates internos propios de cualquier proyecto de construcción política colectiva, se agregue una inevitable entre los históricos-antiguos que al haber tomado parte en esos debates, fundan y comparten un lenguaje y práctica comunes, y los novatos-recién llegados que, en su gran mayoría, estamos debutando en estos espacios, pero también otros que traen experiencias y trayectorias políticas que los vuelven históricos-antiguos pero igualmente novatos en dichos lenguajes y prácticas.  Estos últimos (se) plantean el desafío mayor de des-aprender lenguajes y prácticas instaladas y posiblemente automatizadas para emprender el nuevo proceso colectivo, desafío que comparten con los primeros aunque en menor medida dado que se trata de “los dueños de casa” que si bien convocan a construir colectivamente un nuevo referente, lo hacen desde un lugar y posición más o menos conocida por quienes aceptamos la invitación, por lo que no es partir de cero.

La situación es muy distinta para nosotros los independientes realmente novatos-recién llegados, en que el proceso de construcción es por definición y completamente aprendizaje. Con esto no quiero sugerir que sea una tarea fácil, de hecho, iniciarse en cualquier actividad no es garantía de éxito, al menos en el corto y mediano plazo. Nuestro principal desafío posiblemente sea la superación de individualismos que exige un proceso de construcción colectiva, tarea para la cual estamos claramente en desventaja respecto de los otros dos grupos y no sólo por la mera falta de entrenamiento que sugiere nuestra condición de debutantes, sino también por lo que pueda estar detrás de esa condición. Al fin y al cabo, no es mero azar nuestra falta de activismo y participación previos, ni descartable que denote un individualismo más pétreo y tal vez resistente.

En este sentido, si bien es esperable que históricos-antiguos estén más entrenados para la construcción colectiva, también es probable que producto de ese mismo entrenamiento, les cueste más trabajo no buscar imponer sus aprendizajes, experiencias y agenda, sin respetar los ritmos colectivos ni propiciar la participación, aprendizaje y empoderamiento de los recién llegados. No obstante, dado que entre los recién llegados hay también históricos-antiguos con aprendizajes, experiencias y agendas disímiles, el debate emerge naturalmente. Y por otro lado, dado que los novatos-recién llegados superamos en número a ambos grupos, tenemos capacidad de influencia por representatividad, sobre todo en la medida que nos articulamos como grupo, es decir, construimos colectivo. Como consecuencia, el diálogo se enriquece por ser efectivamente plural, no obstante, la construcción es irremediablemente más lenta, próxima a la máxima leninista de “un paso adelante, dos pasos atrás”. O al menos así debiera ser.

Sin embargo, no podemos desconocer que este ritmo configura un escenario de incertidumbre que tiende a percibirse como una suerte de crisis o caos organizativo, inquietando a moros y cristianos, en distintos niveles, sentidos e intensidades. Y si bien hasta yo misma, habiendo caído presa de esa inquietud, a ratos he re-considerado mi continuidad en el movimiento, el ya ser parte de éste me obliga rápidamente a descartar esa opción, mediante un único y elemental argumento: el llamado a construir un proyecto político legítimo es irrenunciable y esa legitimidad sólo puede ser alcanzada en un proceso ampliamente participativo y es por tanto, también tarea mía. La alternativa que es mera concientización, evangelización y militarización, una forma de hacer política que ha fracasado en capacidad convocante, ha perdido toda legitimidad. Y como esta última es eficiente y rápida pero ineficaz, no hay lugar a dudas que la otra habrá de ser lenta y sinuosa.

Es importante aclarar y enfatizar que esta vuelta que consigo dar no es mero fruto de convicciones a las que luego puedo dar coherencia haciendo realidad, sino un resultado del poder que me otorga el involucramiento en el trabajo práctico del movimiento. He ahí la parte del párrafo que resalto y que propongo como tesis principal de mi argumento: La participación en el colectivo es el único o principal medio de empoderamiento que luego se vuelve un motor infalible de mayor participación. En otras palabras, asumir la vocación política no es algo que se logre al nivel de las ideas, sino sólo en y a través de la práctica. Ergo, la meta de avanzar desde una democracia meramente representativa a una participativa es un asunto de empoderamiento, término que resulta peligrosamente “jabonoso”, por lo que sin precisarlo, corremos el riesgo no sólo de que se convierta en otro concepto vacío sino más allá, de que refuerce los mismos mecanismos que buscamos desactivar.

De acuerdo a la RAE, empoderar es la “acción o efecto de hacer poderoso o fuerte a un individuo o grupo social desfavorecido”, definición que en su referencia al poder, releva implícitamente el carácter eminentemente político del término. Sin embargo, hay varios aspectos de la definición que llaman la atención y resultan problemáticos, partiendo por el establecimiento de una condición (“des-favorecimiento”) que al reducir el ámbito de aplicación del término, limita su sentido tanto político como social.

Si atendemos al carácter dicotómico de dicha condición (favorecidos vs desfavorecidos), se sigue que establece dos categorías sociales que cumplen con ser: 1) universales e imperativas (todos somos clasificables en una u otra); 2) puras y excluyentes (no se puede ser ambas a la vez); y 3) estables y permanentes o con cierto sentido de atemporalidad (rara vez se modifican o se pasa de una a la otra). Por todo ello, adoptan la forma de etiquetas, características o atributos de los individuos (que pasan a ser descritos a partir de ellas) como seres unidimensionales, negando la posibilidad de que se puede ser favorecido en un aspecto o ámbito de la vida y desfavorecido en otro. De esta forma, aceptando la definición caemos en la falacia de que el mundo puede ser dividido entre favorecidos y desfavorecidos.

Por otro lado, la definición expresa dos aspectos problemáticos adicionales e íntimamente relacionados: la escisión y confusión de sujetos. Por un lado, se escinde el sujeto lógico o temático, aquel del que se dice algo, dando origen a un sujeto agente que realiza la acción y otro pasivo, que la recibe. Si bien el sujeto agente es el sintáctico o gramatical en tanto es el  que concuerda con la conjugación del verbo (Hacer vs. Hacerse), éste permanece oculto y no identificado. No obstante, volviendo a la condición y su carácter dicotómico, si la definición explicita que el sujeto pasivo debe cumplir una condición, por oposición se desprende que el agente, sintáctico o gramatical es aquel que no la cumple. Por último, mientras del primero se relativiza su carácter individual o colectivo, el segundo permanece encubierto también en este nivel de especificación. Reformulando, el empoderamiento se convierte así en el poder o fuerza individual o colectiva que reciben desfavorecidos por/ mediante/ producto/ en virtud (¿gracias?) a la acción que se emprende desde sectores favorecidos. Definición que nos resulta incómoda en tanto construye, o al menos valida, desigualdades sociales incómodas y, de paso, legitima roles jerárquicos, advirtiéndonos sobre el crítico rol social del lenguaje.

Pero hay más: si el empoderamiento es un concepto que (se) aplica sólo a una de las categorías, es decir, a sectores, grupos o personas que cumplen la condición especificada, implícitamente, se niega la posibilidad de empoderamiento de los sectores, grupos o personas que no la cumplen, lo que nos lleva al punto más problemático pero prometedor. Si admitimos que la llamada “desafección” o escasa participación política no es privativa de un grupo o sector de nuestra sociedad, menos aun exclusiva de aquellos “de menores recursos económicos” (definición propuesta también por la RAE), y al mismo tiempo, aceptamos el sentido político del término, reconocemos que el empoderamiento es un desafío transversal y por tanto, nos vemos obligados a corregir su definición.

Si bien, de acuerdo a lo anterior, es intuitivo eliminar la condición, la incomodidad que nos produce la definición es el desplazamiento de la que producen desigualdades sociales efectivamente inscritas en la realidad. Y si paralelamente, admitimos el sentido político del término y reconocemos que los recursos económicos no están garantizando la participación política de quienes los detentan, ampliamos el espectro de recursos necesarios para ella. Pero sí podemos mantener que, recurriendo a una metáfora materialista, quienes cuentan con más recursos son quienes pueden re-distribuir o compartirlos, por lo que la distinción entre sujetos tiene plena coherencia desde un punto de vista lógico y es sólo el carácter dicotómico de la condición el que merece descarte. Por último, sostener esta distinción de sujetos es reconocer la naturaleza irrevocablemente social y dialéctica del término en tanto acción y efecto, y descartando cualquier sentido individual, lo que se refuerza en su significado político. Propongo entonces que el empoderamiento es el proceso social mediante el cual se adquiere, transfiere o incrementa el poder político.

Este carácter dialéctico del empoderamiento plantea un dilema cuya resolución posiblemente constituya el principal desafío del FA. Primero, no cabe duda de que es su fin, al fin y al cabo como cualquier proyecto político, se juega en la disputa de espacios y acumulación progresiva de poder. Sin embargo, dado que ese incremento de poder depende en gran medida de la capacidad para convocar y movilizar a sectores de la población hoy marginados de la participación: El empoderamiento constituye así tanto medio como fin.

No obstante, si validamos la justificación de la escasa participación política como falta de interés, a veces auto-declarado como “ser apolítico” (“ajeno a la política o que se desentiende de ella”, según la RAE)  ¿Cómo su solución puede ser política? ¿Pueden problema y solución operar en el mismo registro? O más concretamente ¿de qué forma puede el FA “convertir” (en el sentido religioso del término) a un “ateo político” o más aun, a un “político-fóbico”?

La paradoja, nada espuria ni casual, radica en el lenguaje: el empoderamiento es un asunto político en sí mismo, por tanto el des-empoderamiento también. La renuncia a ser parte de la política no puede ser más política, pero como toda contradicción ideológica opera como una mistificación que impide revelarse a sí misma, más aun cuando se refuerza en la práctica de la no-participación. No obstante, sugiero que existen también otros mecanismos serviles al primero, uno de los cuales ha sido sin duda la sobre-especialización, sobre-intelectualización, y tecnificación del lenguaje y la práctica social completa, y política en particular. Mientras más simple, claro y directo nos expresemos, más personas nos entienden, entendimiento que se vuelve condición necesaria (aunque no suficiente) para que las personas sientan algún grado de interés en lo que decimos, aumentando la probabilidad de que, más allá de meros receptores de mensajes, entren en la discusión y de que se mantengan en ella. Simplificar el lenguaje es convocante en la medida en que extiende audiencias e interlocutores potenciales y por ello, tiene fuerte vocación frenteamplista: debe ser tanto un medio como un fin para el empoderamiento social, que propongo como estrategia y resultado a largo plazo del Frente Amplio.

En este sentido, renunciando al dilema del huevo o la gallina – o en difícil: estructura vs agencia y, si se quiere, hasta la bisagra articuladora de ambos: la semiosis – valga asumir un principio dialéctico y uno de conmutatividad, esto es: lenguaje y mundo social están íntimamente conectados, como teoría y práctica, y en este punto, el orden de los factores no altera el producto. Lo que propongo es que la derrota al mecanismo mistificador de la ideología no es ideológica, sino práctica. Por ello la suerte de develación de nuestra vocación política que es el empoderamiento, supone un antecedente de participación o precursor que, en virtud de algún grado de involucramiento práctico, posibilite dialécticamente en un segundo momento, una toma de conciencia política como producto. Es decir, no se trata de develar al  “apolítico” el carácter fundamental y decididamente político de su “apolitización”, sino de lograr que ella se convierta en un propulsor de participación. Desafío cuyo mecanismo me atrevo a sugerir es: motivar y convocar a la conversación horizontal e involucrar en la práctica de la deliberación democrática.

El problema es cuando la aproximación a cualquier práctica política como la descrita pasa por la experimentación de y en un movimiento, lo que implica la exposición a un lenguaje y práctica desconocidos y por tanto no sólo un desafío intelectual sino que, en función del grado de apertura, integración y sentido de pertenencia que grupos ya constituidos puedan exhibir, una experiencia de inclusión-exclusión social, cuya asunción por tanto dependerá no sólo de la motivación y tiempo disponible, sino de la tolerancia que tengamos a dicha experiencia.

Junto con ello, las tensiones latentes comienzan a hacerse perceptibles instalando una promesa de conflicto que no solamente puede incomodar sino volverse eventualmente intolerable en virtud del clima de desconfianza que instalan, desconfianza del todo improductiva para generar sentidos de pertenencia. En esas condiciones disminuyen las probabilidades tanto de indemnidad de la curiosidad e interés inicial, como de una participación más activa en el trabajo práctico que, paradojalmente, constituiría su único refuerzo, llevando por el contrario a una desmotivación, desconfianza y eventual distanciamiento.

En este sentido, si bien aplaudo la visión y el coraje de la iniciativa autonomista, y más aún, creo que el FA tiene mucho que observar y aprender de su propuesta, también me parece que las tensiones que la atraviesan no sólo ponen en riesgo su propio poder convocante, sino más lamentablemente al del mismo FA del cual opera como plataforma. En efecto, el proceso programático participativo aparece en parte como una réplica del modelo autonomista y que enfrenta a su vez su propio desafío, toda vez que en el FA conviven objetivos electorales (principio 3) que imponen una agenda corta coyuntural que entra en tensión con propósitos de transformación social profunda cuyo logro supone esfuerzos sostenidos y una visión de largo plazo: básicamente, construir un programa democrático y participativo que funde la unidad en la pluralidad y diversidad (principio 2 y 5) que no es otra cosa que re-construir el tejido social, lo colectivo.

¿Hasta qué punto ambos objetivos y sus plazos son compatibles? ¿O acaso la mera coexistencia de estos propósitos plantea cierta contradicción? Y de ser así ¿se trataría de una contradicción lógica entre principios o propósitos, o más bien un desafío de carácter práctico? Mi posición es esta última, es que un diseño metodológico muy cuidado que logre subsumir u operacionalizar la estrategia electoral al propósito sustantivo puede efectivamente ser convocante y empoderante, poniendo en marcha el proceso de (re)construcción colectiva que a su vez asegura su sobrevida. Este diseño entre otras cosas, debe velar porque las agendas parciales de las fuerzas individuales no ejerzan presiones que, de formas más o menos transparente, pongan en riesgo el balance entre ambos propósitos y así la viabilidad del proyecto en su conjunto.

Propongo en consecuencia poner en alerta sobre las eventuales amenazas que detecto.  La participación y el empoderamiento, como dos caras de una misma moneda en tanto procesos recíprocamente generativos y dependientes, exigen establecer y mantener un delicado equilibrio entre formación-educación y construcción políticas, entre inmersión en un lenguaje y práctica dados y una invitación a edificar conjuntamente unos nuevos, entre ese “andar predicando” y “andar preguntando” que aludió tan elocuentemente Aldo Torres en su columna[1]. He ahí donde radica parte de su potencial, tanto de convocar como empoderar y en virtud de ello transformar: en el balance y la consistencia entre ambos. Consecuentemente, apegarse fielmente al propósito sustantivo requiere asegurar la convergencia de las fuerzas al menos en torno a él, de tal manera que cada una, mientras operen como plataformas únicas al FA, exhiba coherencia entre sus discursos y prácticas. En términos metodológicos, me refiero a que un discurso constructivista no se sostiene a través de una práctica neopositivista. No funciona.

No podemos pretender derrotar al duopolio replicando sus formas impositivas, cupulares y antidemocráticas de hacer política. La vocación participativa y plural no puede ser un mero discurso sino materializarse como práctica transversal intra e inter fuerzas y a todo nivel. Si lo que se propone es un proyecto plural, participativo y democrático, no sólo el FA debe ser referente de esa práctica, sino cada una de sus fuerzas de manera individual. Si se quiere, la superación de tensiones emergentes, rencillas históricas y desconfianzas basales sostenidas por la acérrima defensa ideológica de agendas y particularismos identitarios es la versión macro de la renuncia a individualismos necesaria para una verdadera construcción política colectiva. Algo que vi amenazado al descubrir, y luego cada vez que he escuchado, la curiosa expresión “pasar máquina” que atribuye persecutoriamente intenciones a “los otros” y da origen y justifica el discurso divisionista.

El discurso divisionista instala el “nosotros” y “ellos” y lamentablemente es manifestación de una práctica de distinción y exclusión social que difícilmente ponga en marcha la construcción de un proyecto político colectivo y amplio que propone precisamente derrotar esa práctica. Denota que cada fuerza individual como plataforma al FA, en defensa de sus intereses, está procurando engrosar sus filas, no sólo reproduciendo, sino haciendo extensiva, la desconfianza básica en que nos socializamos dado el tributo que presta a nuestro sistema neoliberal legitimando el individualismo. Ese individualismo que creo firmemente, ha constituido la principal traba a los proyectos de izquierda y representa el primer obstáculo para la transformación social: la incapacidad de constituirnos como colectivo.

La dialéctica entre ese discurso y práctica de distinción, desconfianza y exclusión, da una señal  confusa y decepcionante para quienes genuinamente creemos, queremos o necesitamos creer en la construcción de alternativa. La desmoralización no sólo desmoviliza y desincentiva la participación, sino que vuelve a poner en cuestión la viabilidad de una política transformadora. Es del todo discordante e improductivo formar políticamente en lo colectivo si simultáneamente se insiste en limitar y poner cotas a ese colectivo a través de esos discursos y prácticas. No sólo no educa ni forma; sino que deforma. Y eso será sólo a quienes mantengan la motivación por participar, quienes no vislumbren, no entiendan o lisa y llanamente no se interesen por el cambio social profundo. Lo que intento sostener es que alcanzar la convocatoria, movilización y participación de los que depende la viabilidad, alcance y éxito del FA, es tanto más improbable cuanto más contradictorio aparezca el proceso y mayor disonancia cognitiva nos genere a sus participantes activos y potenciales.

Alguien me dijo hace unos días que “la política es también la administración de las confianzas”. Me hizo bastante ruido. Probablemente porque considero que la confianza es dada, nos constituye – lo que me ha valido la impugnación de ingenuidad – y por tanto, es más bien la desconfianza en la que nos socializamos la que debiéramos administrar, o mejor dicho combatir, pues en su condición de experiencia humana corresponde revertir su sujeción a cosificaciones y tecnificaciones que de hecho posibilitan su administración y así extienden la dominación.

En este contexto y retomando el argumento inicial, quiero relevar el papel que podemos jugar los independientes movilizados y activos en y para el FA. Estar fuera de las pugnas de poder de las fuerzas que lo componen ofrece un terreno fértil para la construcción de confianzas, tanto con la sociedad extensa como con las propias organizaciones suscritas. Si bien el involucramiento político nunca es neutral, el no adscribir a una orgánica particular cuyos intereses pueden estarse defendiendo, ofrece a su vez la posibilidad de constituirnos como observadores imparciales que puedan jugar un rol correctivo en devolver el proceso a su cauce cada vez que sea necesario, como el ejercicio que aquí intento.

Con todo, el mayor potencial que advierto de una fuerza independiente es, sin lugar a dudas, su capacidad simbólica convocante, en la medida en que encarna “la verdadera” alternativa en tanto transición realista hacia la participación, para la cual, me temo que las orgánicas resultan espacios altamente amenazantes para personas no empoderadas, y no necesariamente aptos para producir ese empoderamiento.

A fin de cuentas, y para un proyecto de re-politización generativa, el ritmo y progresión de los procesos no puede ser desatendido. Esto es, no podemos pretender que desde la nula participación o “desafección” política, las personas se sientan inmediata y automáticamente convocadas y empoderadas para formar filas en movimientos cuyas diferencias no sólo desconocemos sino que posiblemente rechazamos en cuanto a su nivel de especificidad y tecnicismo.

En este punto parecería un contrasentido abogar por la institucionalización de la militancia frenteamplista que propongo, no obstante, aparece como un mecanismo de legitimación de una alternativa que, de lo contrario y en el estado actual de cosas, sea susceptible de ser seriamente invisibilizada entre las otras fuerzas pese a la contribución que puede hacer. Pero por sobre eso, propongo que se trata de una estrategia que consciente de la mistificación des y apoliticista, abra un espacio más amigable, integrador y menos tensionado, capaz de convocar y movilizar a la participación transversal, y así devuelva el poder – la política – a manos de las mayorías, de la ciudadanía y el pueblo, que es su verdadera causa y efecto.

[1] “Frente Amplio: desde abajo y a la retaguardia” en El Mostrador, 02 de Marzo 2017. http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2017/03/02/frente-amplio-desde-abajo-y-a-la-retaguardia/

Teoría del Capital Humano: una crítica a la crítica

La teoría del capital humano ampliamente criticada por economizar la educación, prescribiendo una correlación positiva e invariable entre educación, productividad y retorno económico, tanto a nivel agregado como individual, peca de ingenua más que falaz.

El sistema neoliberal globalmente dominante le da sustento y con eso, cierta realidad, se puede criticar su performatividad en esa línea, pero resulta lamentablemente anacrónico.

La principal falla está entonces en lo que desestima, y es en la reproducción de la desigualdad. En omitir que el sistema, neoliberal sobre todo pero cualquiera, contiene intrínsecamente mecanismos para que, pese a las ideas y conciencias, se estabilice la distribución del poder o en sus propias palabras, del capital.

Entonces el foco de una crítica productiva tiene que estar en la develación de esos mecanismos y en ese sentido, en los dispositivos que apliquen la teoría indiscriminadamente al subsistema educacional, esto es, por un lado, desestimando las variables intervinientes que hacen de la teoría una ideología – variables sociodemográficas (origen socioeconómico, género, edad) así como contextuales (instituciones, programas, duración, costo, satisfacción, etc.) -, y por otro, la continuidad entre productividad y retorno individual (empleo) y del sistema (prosperidad o siquiera estabilidad económica).

Mucha de la crítica en este sentido, se pierde en la primera línea, y cae a veces en contradicción. Un ejemplo es la fuerte crítica a la visión que se etiqueta como “funcionalista” por atribuir a la educación un rol en la movilidad social, visión perfectamente acoplada a la teoría en cuestión y que por tanto, propongo, peca de lo mismo: inmaterialidad. ¿O acaso lo que buscamos los críticos no es eliminar, desplazar o al menos desestabilizar la estratificación social?

Desde una perspectiva profundamente humanista, claro que puede parecer un fin banal y demasiado económico pero ¿acaso el desarrollo de las personas no es multidimensional? Y por ello ¿no es también económico? Y más aún ¿se puede plantear que el intelectual es más legítimo?

En este sentido, el debate siempre olvidado en la lucha es la del consenso acerca de los propósitos de la educación, que además requiere la distinción de niveles. No tiene por qué ser el mismo fin el que persigamos en educación preescolar, básica, media y superior. De hecho, estoy convencida de que no podemos pretender que sea el mismo tampoco.

Es aquí donde les planteo mi pregunta ¿es en el de educación superior donde esperamos se jueguen, AQUÍ Y HOY DÍA, los otros clásicos propósitos educativos de cohesión social y  transmisión cultural?

A mi parecer los propósitos educativos van evolucionando de nivel, material y humanísticamente hablando: en la medida en que logramos masificar (y así IGUALAR, obviando el dispositivo de la calidad) en un nivel (primaria y secundaria) podemos pensar en fines más idealistas como la formación integral. Por eso creo que desestimar el propósito educativo de movilidad social es algo irresponsable, y al menos anti-ético cuando se trata de educación superior.

He ahí que la EMTP me parece hoy día cuestionable. Si estamos discutiendo sobre la pertinencia de las humanidades en el currículum de secundaria (filosofía) ¿cómo se justifica mantener una formación para el trabajo a este nivel? ¿Educación para pobres? Parece la única salida. La propia ausencia de este debate, me parece ideológico en el sentido marxista más duro del término (encubrimiento operado por intereses de clase, con mayor o menor consciencia).

Es en este contexto es que me parece del todo exigible y justa una política dirigida a la articulación de la FTP, siempre que asumamos como válido (habermasianamente: veraz, real y legítimo) el discurso que ha imperado respecto de la necesidad-carencia de fuerza de trabajo técnica para la industria nacional. ¿Es esto seguir validando la división del trabajo en intelectual vs físico? Por supuesto que sí, y defiendo la idea de que así sea. No veo mayor valor individual ni social en uno que en otro, sólo veo una historia de estigmas que me parecen hoy día del todo superables. ¿Por qué? Por la educación, sí, no sólo la mía, sino la de todos. Estamos en condiciones de romper esas herencias.

Entonces mi foco de la crítica se traslada, no veo que estemos ante un problema sólo y puramente educativo, antes bien, creo que el subsistema educativo y sobre todo su nexo con el subsistema del trabajo, no debe operar como causa ni efecto para la estratificación social y es en ese sentido que mi crítica se amplía. Es en el nexo educación-trabajo donde veo actualmente el mecanismo reproductor por excelencia.

Cuando consideramos que el sueldo mínimo en Chile ($257.500.-) afecta aproximadamente a un 25% de la población en nuestro país (Fundación Sol, 2015), al 75% restante nos parece inconcebible, pero no obstante, seguimos debatiendo sobre educación. Parece haber algo perverso y profundamente ideológico allí. ¿No nos habremos comprado demasiado precisamente la teoría del capital humano que criticamos? ¿Acaso existe una ley que prohíba pagar menos a empleados sin títulos o siquiera sin escolarización completa? Y eso sin tener el dato del nivel educacional de ese 25%.

Por eso no me cabe duda que la teoría en cuestión tiene un efecto ideológico en tanto un empleador puede considerar justificable pagar por años de estudios, y a la larga, nosotros, el resto, también. Y desde esa perspectiva, nos parece defendible garantizar ciertos niveles de estudios PARA garantizar ciertos niveles de ingreso, saltándonos la variable intermedia – la supuesta productividad – o peor, legitimándola abiertamente.

Pero la regulación en concreto, no sé si parte pero al menos debe ir aparejada en ambos subsistemas, si pretendemos algún tipo de cambio. Desde la vereda educacional, no obstante, a la que pertenezco por ahora, la reproducción del foco economicista, parece la vía más justa. Por eso intento apelar a que la FTP ya no es justificable – legítima – a nivel secundario y requiere un fortalecimiento regulado a nivel terciario.

¿Es esto una crítica neoliberal al sistema neoliberal? Probablemente. ¿Es posible otra? No lo sé. Por ahora, presiento que de haber otra se distribuye también de forma desigual. ¿Tal vez una crítica realmente legítima – y por tanto, productiva – al sistema neoliberal deba primero dar pleno acceso a él? A fin de cuentas, así como la ciencia debe politizarse y la política re-politizarse, creo que la crítica debe des-cientifizarse, sólo cuidando no posmodernizarse.